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martes, 21 de julio de 2009

La silla




Cuando estaba en la secundaria, en las horas libres o antes y después del colegio solíamos juntarnos en la casa de una compañera, Marina. Hacíamos eso por conveniencia (cercanía) y porque era una casa grande. La familia de Marina en una época había estado muy bien económicamente, y tenían toda clase de muebles traídos de viajes y de novedades (¿quién tenía microondas a fines de los '80?). También vivía con su abuela, una señora paquetérrima que era el colmo de la buena educación y el refinamiento. Aunque fuéramos quince en la casa a la hora de la merienda, la señora ponía un mantel digno de un almuerzo de Mirtha Legrand, sacaba vajilla traída de no sé dónde y las galletitas no se comían del paquete, no no, se ponían en una delicada bandeja de metal. Si tomábamos gaseosa, la abuela alcanzaba presta los apoyavasos, no vaya a ser cuestión de arruinar los muebles. Era tan pero tan bien educada y atenta, parecía que exhalaba buenos modales, que no podíamos evitar sentirnos un poco incómodos, parecía que decir "boludo" delante de la señora era equivalente a pegarle una cachetada.
Entre los muebles que tenían en la casa, tenían unas sillas muy parecidas a las de la foto, traídas de algún lugar exótico. La cuestión era que, debido al uso y al paso del tiempo, el lugar para sentarse (hecho de paja) se había empezado a romper.
Haciendo averiguaciones de precios, la Eugenia de Chickoff de Avellaneda se había empezado a hacer mala sangre. Las sillas eran carísimas, por lo tanto el arreglo era carísimo también, y no estaba al alcance de su bolsillo en ese momento.
Creo que la señora averiguó por todos lados dónde reparar, a bajo precio, una silla de ese tipo. Creo que, cuando encontró dónde, no pudo contener su emoción. Imaginen la cara de diez o doce adolescentes cuando entra la abuela, maquillada y vestida como una estrella de cine de los '50, diciendo a los gritos:

"Cerca de la estación, encontré un viejo que me hace la paja por cien australes"

viernes, 3 de julio de 2009

Plan de estudios

"¿Para qué ir a la escuela de medicina, si tenemos Wi Fi?"
Dr. House


No sé en qué piensan los Ministros de Educación y los rectores de las principales universidades. Elaboran planes de estudios de años, de muchos años, para poder recibirse de médico. Hay que estudiar, encima, muchos años más para poder ser infectólogo. No sé por qué se matan haciendo esos planes de estudio, y por qué los futuros infectólogos se matan estudiando durante años, si parece que ser infectólogo es re fácil. De hecho, desde que está todo este asunto de la gripe, todo el mundo es infectólogo. Así como durante el mundial de fútbol todo el mundo es técnico, y ante un caso policial resonante todo el mundo es abogado penalista; ahora todo el mundo es infectólogo (con especialización en virología). ¿Saben cuánto tuvieron que estudiar los biólogos, bioquímicos y médicos que trabajan en la sección de Virología del Instituto Malbrán -dicho sea de paso, cobran dos mangos con cincuenta-?.
Entonces, por favor, basta. No quiero escuchar más a periodistas diciendo pavadas por televisión. Flaco, sos periodista, no sos especialista en virología ni en salud pública. Basta de teorías sobre cómo se desarrolló el virus, si muta o no muta, si se combina.
¿Saben cuánto hay que estudiar para recibirse de farmacéutico? Bueno, entonces por favor, no digan más recetas caseras para hacer el alcohol en gel.
Y fundamentalmente, no quiero escuchar más a amigos, vecinos, compañeros de trabajo, madres del jardín, dando consejos de virología. Que alcohol en gel, que lavá la ropa con espadol, que limpiá todo con lavandina cada 20 minutos, que usá para rociar la ropa alcohol con una pastilla de alcanfor. Lo único que se logra con el alcohol con alcanfor es que toda la ropa huela como el vic vaporub. Imagínense cómo está Gerardo.
Y ahora los dejo. En la farmacia de acá no se consigue alcohol en gel, ni barbijo. Voy a tener que conseguir.

martes, 23 de junio de 2009

La rubia tarada





Allá lejos y hace tiempo, cuando estaba en la escuela primaria, tenía una compañerita con la cual no nos llevábamos del todo bien. En realidad, nos llevábamos bastante mal. Quiso el destino que, en la secundaria, nos encontráramos de nuevo. Ahí, en la secundaria, apareció una Lili reloaded. Se había sacado los lentes, la ortodoncia y se había teñido el pelo. Ya no éramos más dos morochitas peleándonos en el recreo. Ahora era una gordita morocha (yo) y una anoréxica rubiocha. Además, esas ventajas de tener una madre peluquera, la tintura rubia le quedaba perfecta, tan natural que nadie creía que era teñida. Lili era mala, malísima. ¿Alguien vio una película con Lindsay Lohan sobre las "chicas plásticas"? Bueno, el personaje de las chicas plásticas es Lili en persona. Ýa no era mala, digamos. Era cruel. Y si, como yo, eras gordita, morocha, virgen y llena de granos, te puedo garantizar que Lili podía hacer de tu secundaria una pesadilla.

Siempre fui bastante cara dura, me encantaba actuar en todos los actos escolares. Hete aquí que en cuarto año, la profesora de Instrucción Cívica (como dato agrego que era estudiante avanzada de Derecho) comenzó a preparar un número, para fin de año, sobre la justicia y qué se yo. Ahí me anoté yo, en primer lugar, para representar el codiciado papel de Justicia.

Respuesta de la profesora de Cívica: "Ah, no. El papel de la Justicia ya lo tiene Lili. Todo el mundo sabe que la Justicia es rubia."

Y hoy por hoy, esa profesora ya es colega. Así anda la justicia, porque hay gente que cree que es rubia. Y eso creo que de alguna forma me traumó. A lo largo de los años, tuve el pelo de todos colores. Caoba, anaranjado, negro, chocolate, pero nunca de los nuncas, rubio. Tal vez como rubia sería más feliz.


*La escultura que ilustra el post es "La justicia", de Rogelio Yrurtia. Está en el hall central del Palacio de Tribunales, Talcahuano 550. Es una copia. El original está en un cementerio, sobre la tumba de un conocido abogado. Como dijo Alejandro Carrió "la justicia de tribunales es una copia, la verdadera está en el cementerio."

miércoles, 10 de junio de 2009

La buena suerte



Exención de responsabilidad: Si usted es muy supersticioso, siga leyendo bajo su exclusiva responsabilidad.

No soy una persona muy supersticiosa. De todas formas, no sé si será por algo del inconsciente colectivo o la influencia de mis tías y abuelas, trato de no pasar por debajo de una escalera , tiro un poquito para atrás si se me cae la sal y a menos que sea absolutamente indispensable, no abro un paraguas bajo techo, y demás cosas que, creo, la mayoría hacemos. Más allá de que resulte evidente que la ruptura de un espejo no puede traer 7 años de mala suerte (solamente la mala suerte de tener que comprar otro), y que racionalmente sepa que lo peor que puede pasar si camino debajo de una escalera es tirar al pobre tipo que está arriba (me ha pasado, cuándo estábamos pintando la casa), se ve que en algún lugar de mi subconciente (o inconciente, que más da) hay ciertas cosas asociadas con la mala suerte.

Lo que de ninguna manera sabía, es que hacer, no hacer, tener o no tener ciertas cosas, no trae mala suerte per se, sino que solamente ocasionan su efecto devastador si lo hacemos a sabiendas del maleficio. Me enteré en el cumpleaños de mi cuñada. Yo había dejado la cartera debajo de la silla, en el piso, y la madre de mi cuñada, solícitamente la colgó en el respaldo. “Trae mala suerte, aleja la plata” sentenció. Yo pensé “¿todavía más?” pero dije tratando de ser amable “uy, no sabía, siempre la dejo en el piso”. La respuesta me dejó pensando lo que estoy escribiendo hoy: “Ahora que sabés, no la dejes más. Si no sabías no hace efecto.”

Semejante explicación psicológico- filosófico-antropológica me dejó turuleca. Es decir, si no sabés que romper un espejo apareja 7 años de mala suerte, rompé espejos a tu antojo. Ni bien sepas, sonaste. Es como si no estuvieras embarazada hasta que el evatest te de positivo. Fumar no te va a hacer daño, hasta que sepas que podés tener como 1000 enfermedades relacionadas con el consumo de tabaco. Si no sabés lo que es el colesterol, comé mollejas todos los días, algún día vas a leer por casualidad una revista Viva del domingo y sonaste, te van a empezar a hacer mal.
Y como además de no supersticiosa soy masoca, me dediqué a buscar (entre conocidos) cosas que traen mala suerte y que yo desconocía. Ahora no voy a poder dejar más la tijera abierta, ni decir ciertas palabras, y como soy mala; posteo acá abajo una lista, para que sepan.

-Dejar abierta la puerta del placard.
-Poner los zapatos sobre la cama.
-Dejar la cartera abierta (eso no es mala suerte, es ser medio paparulo)
-Barrer de noche.
-Mirarse al espejo con una vela.
-Sentarse arriba de la mesa.
-Cortarse las uñas los días lunes.

Siempre me interesó de dónde vienen esas creencias, porque todas empezaron por algo. Lo de derramar la sal es archi conocido, de la época en que la sal se utilizaba como dinero. Pasar por debajo de una escalera tiene que ver con la Santísima Trinidad, y así... ¿pero de dónde vendrá que trae mala suerte cortarse las uñas un día lunes?¿o dejar el placard abierto? (la última vez que dejé el placar abierto la que tuvo mala suerte fue mi gata, que se metió adentro y no sabía cómo salir).
No digan que no se los avisé.

miércoles, 1 de abril de 2009

Olga

Olga vino a hacer una denuncia en mi trabajo, hace un tiempo. Es una señora muy mayor, muy educada y también muy coqueta. Siempre trae el pelo bien arreglado, se maquilla bien y se nota que se pone lo mejor que tiene para venir a verme. Denunció que al lado de su casa se había inaugurado un restaurante, que no tenía las chimeneas en buen estado, por lo que se le llenaba la casa de humo y de olor a grasa quemada. Luego de un tiempo, el problema se pudo solucionar. Una de las veces que vino, tenía una bolsa grande llena de papeles, que casi se olvida sobre el sillón. Cuando se la alcancé, me agradeció, ya que ahí adentro tenía gran cantidad de análisis y radiografías, que según me dijo tenía que llevarle al médico. Ahí me contó que estaba yendo al médico, como casi toda la gente muy mayor y de buena salud, que van seguido al médico porque pareciera que éstos no pueden creer que la gente vieja no tenga nada. Entonces, le habían indicado un montón de estudios, que ella se iba a hacer por ese “temor reverencial” que le tiene la mayoría de la gente mayor a los médicos, pero estaba segura de que no tenía nada.
A los pocos días, me llamó por teléfono. Me sorprendió, ya que, como ya dije, su problema se había solucionado. No me llamó para plantear ninguna denuncia. Me llamó para contarme que el doctor le había dicho que estaba todo bien, pero que igualmente le tenían que hacer una resonancia. Y me aclaró que me llamó para contarme eso, porque cuando la primera vez (cuando casi se olvida la bolsa) me hizo los comentarios sobre el médico, yo la escuché con atención. Pobre, seguro estaba poniendo la cara que pongo cuando algo me impacienta.
Después de eso, me llamó varias veces, para tenerme al tanto de cómo iba su salud.
Me parte el alma cada vez que me llama, porque está sola. No tiene a nadie a quien contarle sus cosas. Tiene un hijo de casi 60 años, a quien, según sus dichos, “no quiere preocupar porque trabaja mucho y tiene su propia familia.” A veces me darían ganas de llamar a su hijo y decirle que visite de vez en cuando a su madre, pedazo de insensible.
Ahora el 23 de abril Olga tiene turno para hacerse una tomografía (malditas obras sociales, se piensan que una persona de casi 80 años tiene toda la vida para esperar un turno). Si el 24 no me llama para contarme cómo le fue, la llamo yo.

jueves, 26 de marzo de 2009

La wikipedia viviente

“Pituca cree que es el mejor,
el mejor culo para su sillón.”
El arte del buen comer, Patricio Rey y sus redonditos de ricota.


¿Es posible que un solo ser humano sepa arreglar problemas de computadoras (hardware y software, también de red, qué tanto), de celulares, sepa los ingredientes de todas las comidas, sepa de literatura, política, matemática, química, biología, sepa qué color se va a usar este invierno y dónde queda la liquidación de carteras de Prüne? ¿Es posible que esta misma persona sepa de medicina, de bioquímica, de farmacia, de planificación pública, de ingeniería hídrica, de arquitectura y de cinotecnia? ¿Es posible que la misma persona sepa de teología, de fútbol, de rugby, de tratamientos milagrosos para tener el lacio perfecto y de corte y confección? ¿Puede saber sobre jardinería, atletismo, rock nacional y filosofía tanto como sobre astronomía, horóscopo maya y presidencias del Congo? Yo, particularmente, creo que ello no es posible. Se puede saber “alguito” de todo, pero todo todo sobre todos los temas, solamente lo sabe la wikipedia. Así que estoy completamente convencida de que Gerardo es un chanta.
Gerardo es “todólogo” con post grado en “opinología”. Es muy metido. Quiere siempre estar en todo. Hasta parece que hubiera adquirido la habilidad que tienen los perros, de mover independientemente cada oreja. Mientras con una oreja está conversando con cualquier compañero/ a, parece que moviera la otra para captar una conversación que, a escritorios de distancia, mantienen otras dos personas. Y si cree que sabe sobre el tema, se mete. Todo el tiempo. En todas las conversaciones ajenas. Si alguien dice que el mejor disco de rock de la historia es "Dark side of the moon", él va a salir con datos sobre la fecha de edición y el color de calzones que usó Roger Waters cuando grabaron Time.
Si alguien pregunta directamente a otro algo, contesta él. Ejemplo: "Juan: ¿María, te acordás el interno para pedir que destraben la impresora"; la respuesta de Gerardo puede ser "34521" o "dejá que yo la sé destrabar, en el laburo anterior había una igual a esta" (resultado: pedir reparación urgente, y visita a la tintorería para sacar las manchas de tonner). "Pedro: ¿Ana, qué tenés que hacer a la salida?" Respuesta de Gerardo: "Tiene que ir al dentista y después a ver a la madre" (maldito Gerardo, siempre escuchando conversaciones ajenas)


Ejemplos de conversaciones cuasidiscusiones que ha mantenido Gerardo:

1-
A, contento como perro con dos colas, dice: “Miren qué bueno el celular que me compré, el Noria 200, me salió dos mangos.”
G: “Ah que lindo, pero mirá que los Noria 200 tienen adentro un microchip que fabricaban en Chernobyl
–les ahorro a mis lectores el relato de 30 minutos sobre donde queda Chernobyl, cómo fue la tragedia y si la radiación era alfa o gamma con su correspondiente explicación físico nuclear-, un amigo lo compró y a los dos días se desintegró solito.”

2-
B: “Ayer cociné guiso de lentejas con chorizo colorado, nos tomamos un totín con el gordo y nos fuimos a dormir.”
G (curioso): ¿Totín? ¿Cuál?
B: Mongo Choto.
G: Ah no!! Con el guiso de lentejas con chorizo colorado, se toma solamente vino Pirulo. Porque el vino Mongo Choto se hace con uvas de California con un injerto de uvas de Finlandia
–vuelvo a ahorrar la divagación acerca del sistema político de Finlandia y las chicas de California-, por eso tiene ese sabor como a especias. El mejor es el Pirulo, que se hace con uvas de Salta, se pisa a pata –acá podría agregar algún comentario sobre el pie de atleta, pero lo ahorro- y se añeja en barriles hechos con madera de baobab!

3-
C: ¿Tenés un tampón? Me vino de improviso.
G: ¿No sabés que los tampones se blanquean con lavandina y tienen restos de asbesto y te pueden producir síndrome de shock tóxico? Mejor usá una toallita.


4- Esta juro que es real. Las anteriores las exageré y disfracé un poco (la base está, diría el Bambino) pero esta es real. Destaco que Gerardo no solamente es hombre, sino que también es pelado. Detalle importante para este diálogo que es REAL:

D: Mi cuñada se compró la planchita para el pelo. Está re buena, cuando cobre me voy a comprar una. Me recomendaron la marca Pirulo (y bueno, fabrican vino y planchitas, que se le va a hacer)
G: Lo mejor es el secador de pelo Filip, que libera iones (sí, adivinaron, explicación física y química acerca de los iones) y te deja el pelo más suave y para nada inflado, no vas a parecer Mafalda.

Destaco que todas las conversaciones en las que intervino, lo hizo de metido. Nadie estaba conversando con él.

Estoy profundamente convencida de que Gerardo no sabe un carajo de nada. Pero pone una cara de que sabe todo de todo, y dice las cosas con tanta seguridad y usando palabras tan enrevesadas y ajenas al vocabulario coloquial, que parece que supiera. Y como casi nadie en mi laburo sabe nada de física nuclear ni de vitivinicultura ni de otras cosas que dice, nadie le discute nada. Las pocas veces que le discutimos algo, perdió. Y la de "Dark side of the moon", orgullosamente, la gané. Y no se convenció de que estaba hablando al pedo. E hizo apuestas, que en el fragor de la discusión oficinil, se zanjan con wikipedia. Que, dicho sea de paso, tampoco sabe tanto.


NdelaR: Lo de las carteras de Prüne es una licencia poética, sepan comprender que se avecina mi cumpleaños (guiño, guiño)

martes, 27 de enero de 2009

Tocá madera

Mario está signado por la mala suerte. No es que le pasen cosas graves. Le pasan cosas insignificantes, pero tantas y tan seguido, que nadie puede negar que fue meado por un dinosaurio en celo. Si se pone en la cola más corta del supermercado, va a avanzar rápido (no como al común de nosotros que siempre vemos cómo avanza la fila de al lado), pero cuando llegue fija que la cajera se queda sin cambio, o que tiene que cambiar el papel de la máquina, o que el lector no lee el código de un producto. Si va a hacer algún trámite a la obra social, seguro se cae el sistema. Cuando él va a imprimir, hay que llamar a sistemas para que vengan a destrabar la impresora, porque siempre le toca una hoja casquivana que se engancha mal. El delivery le trae el pedido equivocado. Siempre. No importa si se pidió un tostado de jamón y queso o un pollo a la crema de verdeo. Sin embargo, hacía tiempo que las cosas le estaban saliendo misteriosamente bien. Y se confió. Y organizó una salida para el domingo. La organizó con todo, compró las cosas con anticipación. Preparó el bolso el día antes.
Hace meses que no llueve. El domingo llovió. Poco, una nadita. Pero llovió. Las cuatro gotas locas alcanzaron para que se suspenda el micro que lo iba a llevar a pasar el día al recreo del sindicato.
Mario es tan bueno que me parte el alma cuando le pasan esas cosas.

miércoles, 21 de enero de 2009

Costa Mosquito

Como ya conté, durante mucho tiempo trabajé en un estudio jurídico. La secretaria, Liliana, no era buena. Era buenísima. Súper trabajadora. Voluntariosa. Cumplidora. Un amor. Su único defecto era su habilidad providencial para meter la pata. Preparaba el mejor café de la zona, manejaba la agenda como nadie, anotaba todos los llamados como maníaca, prestaba ropa y zapatos, pero metía la pata siempre. En las épocas en que no había mucho trabajo, nos sentábamos a charlar y tomar mate, y nos divertíamos "sacandole el cuero" a ciertos clientes, especialmente a aquellos molestos. Había uno, Gómez, a quien habíamos bautizado "mosquito", porque era diminuto (chiquitito, no enano, pero petiso, flaquito, con manitos chiquitas y piecitos chiquitos), pero tenía una nariz más que importante. Todo lo que no se había usado para hacerle estatura, manos, espalda, se había usado para hacerle nariz.
Un día, que estaba citado, llega Gómez. Puntual.
La puerta del despacho abierta.
Liliana, con su mejor cara de Melanie Griffith en Secretaria Ejecutiva anuncia:

"Doctora, llegó el señor Mosquito".

miércoles, 26 de noviembre de 2008

Hechizo del tiempo

Desde siempre, el ser humano ha tratado de manejar el tiempo. Ya sea con invocaciones a los Dioses, con estudios de matemática y física o con un De Lorean, el ser humano quiere viajar en el tiempo, ir y venir, modificarlo. Yo conozco a quienes lo han logrado. Si bien no pudieron viajar en el tiempo, sí lo pueden manejar a su antojo, cambiarlo, modificarlo. Pueden transformar una jornada laboral de siete horas en apenas cuatro, cuando no menos. ¿No me creen? Pasen y vean. Es un procedimiento que combina conocimientos de física, matemática avanzada, negociación laboral y creo que hasta ciencias ocultas.

Paso nº1: La jornada laboral, de acuerdo al estatuto, es de 7 horas de trabajo (6 horas de trabajo con 1 hora en el medio para almorzar). ¡Siete horas! Como es mucho, los magos del tiempo conversan con los delegados gremiales y acuerdan que, si se resta la hora del almuerzo nos quedan 6. Entonces, se acuerda que nadie almuerza fuera del trabajo, nadie se toma la hora, a lo sumo 15 minutos para “refrigerio” y todos felices, los que manejan el tiempo se van a casa una hora antes (o entran una hora después).

Tiempo restante luego del paso nº 1= 6 horas.

Paso nº 2: Si llegan 10 minutos tarde, no pasa nada. Total, nadie se da cuenta. Entonces, hay que llegar 10 minutos tarde (los que logran 15 todos los días realmente son los Harry Potter del tiempo). Los que manejan a su antojo problemas de tren, subte y transportes varios ya son matemáticos avanzados. Ni bien llegan, hay que pasar por el baño, lo que resta otros 10 minutos insumidos en lavado de manos, necesidades y nuevo lavado de manos, incluyendo charla con el compañero de turno que justo estaba haciendo uso del sanitario. Caso femenino, retoque de maquillaje. Claro, pero uno llega y hay que preparar el mate. Viaje hasta la cocina para calentar el agua, llenar el termo, preparar el mate y etc, insume mínimo otros 10 minutos. Con todos los elementos prontos para tomar el mate, hay que prender la PC (si la prenden mientras van al baño o preparan el mate, la cuenta no da, es importante prenderla al final). Como son máquinas medio a pedal, tardan un poco en encender, lo que brinda 5 minutos menos de tiempo.

Tiempo restante = 5 horas 25 minutos.


Paso nº3: Ya ubicados en su escritorio, con el mate listo y la PC encendida, hay que llamar a casa para ver si está todo en orden. Controlar que los nenes se hayan quedado bien en la escuela y que María aún recuerde dónde se guarda la lavandina y la plancha. Ello insume otros 5 minutos. ¡Ay, que maravilla que es Internet! Hay que chequear el correo y leer on line los diarios. Ello restará otros preciosos 20 minutos a nuestra jornada laboral. Claro, porque hay que chequear los mails, pero también reenviar los importantes, como los de nene que necesita un transplante de uña del pie o de la nueva dieta (los desafío a que vean la hora en los mensajes recibidos: casi siempre el que manda esas pavadas lo hace en su horario de trabajo).

Tiempo restante= 5 horas.


Paso nº4: Ahora sí, hay que trabajar. Pero se acerca la hora del almuerzo (sí, se había acordado que se come un refrigerio en la oficina, pero quien aguanta tantas horas con la panza vacía?) y los delivery tardan. Hay que deliberar sobre el delivery. De si pedimos ñoquis a la boloñesa para compartir entre tres, o pollo al oreganato entre dos. Uno de ellos (el que mejor maneja el tiempo) se encargará de tomar los pedidos y de llamar al lugar indicado. Claro que de todas las oficinas de la zona llaman a la misma hora, por lo que dará ocupado y costará comunicarse. Una vez establecida la comunicación, hay que hacerle entender que se quieren dos porciones de canelones a la rosini pero con cinco juegos de cubiertos, más una porción de arroz con pollo sin zanahoria y una sin tomate. Mínimo, en todo el proceso se pierden (o se ganan) 15 minutos.

Tiempo restante: 4 horas, 45 minutos.


Paso nº 5: Luego de trabajar un poco (epa, mucho no, hay que estar atento que en cualquier momento cae el delivery), llega la comida. La discusión diaria: quien paga, que pago yo que tengo que cambiar después me dan, no mejor paga cada quien lo suyo, no mejor dividimos por partes iguales, ah pero yo me quedo sin monedas para el colectivo, etc. Entre sacadas de cuenta, recolección del dinero y espera del vuelto, se pueden ganar unos preciosos 5 minutos de jornada laboral, extendidos habitualmente a 10 en total cuando tomaron mal el pedido y en lugar de empanadas de jamón y queso trajeron de jamón queso y tomate. Al terminar de comer (con charla incluida acerca de la novela de la noche o del partido, o de la liquidación de ropa) en total se fueron 30 minutos de jornada laboral.

Tiempo restante: 4 horas, 15 minutos.

Paso nº 6: Luego de trabajar durante un tiempo prudencial, no queda otra que hacer mate otra vez, 10 minutitos menos! A esta hora es ideal para chequear si los chicos llegaron bien del colegio, si la maestra pidió algo y si María se acuerda (otra vez) dónde se guarda la plancha (5 minutos, mínimo, tal vez haya que hablar con cada uno de los chicos, lo que agrega 5 minutos más).

Tiempo restante: 4 horas.

Paso nº 7: Ahora sí, hora de irse. Luego de pasar 5 minutos por el baño(no vaya a ser cosa que te den ganas por el camino, como a los chicos), te vas 10 minutos antes, total, por 10 minutos quién se va a dar cuenta?

Fin de la fórmula. Tiempo original: 7 horas.
Tiempo de trabajo efectivo aplicando la fórmula: 4 horas, 45 minutos.

Aún se puede hacer rendir más el tiempo, mandando mensajitos de texto indiscriminadamente (en total, 10 minutos por jornada).

¿Ven que hay quiénes lograron manejar el tiempo a su antojo?

lunes, 17 de noviembre de 2008

Se va la segunda

La primera vez que vino P. trajo una carpeta enorme llena de fotocopias ilegibles, cositas anotadas como jeroglíficos en papeles amarillos, en servilletas de bares y en hojas sueltas de cuaderno. Decía que la buscaban porque ella sabía “cosas”. Entre las cosas que decía que “sabía”, decía que sabía quien había puesto la bomba en la AMIA y quien había matado al hijo del presidente M. Decía que por esas cosas la buscaban. En realidad, si alguien hubiera querido, la hubieran encontrado enseguida. Ella era beneficiaria de un subsidio otorgado por el gobierno, por lo cual era facilísimo, de quererlo, dar con sus datos. Si incluso vivía en un lugar asignado por el gobierno. Igual no entraba en razones, decía que la buscaban. Cada vez que venía a verme (a razón de por lo menos, tres veces por semana) me mostraba esas fotocopias y esos jeroglíficos, de los cuales no surgía nada de nada porque eran cosas sueltas, eran copias de un expediente judicial que tenía por la guarda de sus hijos con números de teléfono anotados a las apuradas. Entonces, sus malas condiciones de vida se cruzaron con su patología psiquiátrica, y empezó a decir que el gobierno la había mandado a vivir en ese hotelucho a propósito, para matarla. Algo de razón tendría, porque el lugar donde tenía que vivir era inhumano. Pensándolo bien, tenía razón en varias cosas. O no, no tenía razón, pero las casualidades se habían dado de tal forma, que una persona desprevenida hubiera creído que tenía razón. Por ejemplo, en uno de los informes de su psiquiatra decía que padecía de “delirio místico”. Decía que los santos le hablaban y que ella era la reencarnación de uno de los santos. También decía tener una conexión especial con Jesús y la virgen. ¿Cómo decirle que estaba delirando? Si su hijo había nacido el 25 de diciembre! (tuvo que mostrarme la copia de la partida de nacimiento para que le creyera). Después de esa etapa, estuvo mucho tiempo sin venir. Después reapareció, con su “delirio místico” a cuestas, y lamentándose de que, cuando finalmente la trasladaron a otro hotel, perdió gran parte de sus libros. ¿Está loca una persona que se lamenta por eso? Cualquier persona, si pierde sus libros durante una mudanza, se pondría “como loca”. ¿Por qué pensar que P. está loca, pero loca de manicomio? Si en definitiva, se quejaba por lo mismo que cualquiera de nosotros nos quejaríamos. Nadie es feliz viviendo en un lugar plagado de cucarachas, ni con goteras, ni con los cables a la intemperie. A nadie le gusta que le saquen sus libros. Claro, pero nunca nadie le dio bolilla a P. porque supuestamente, “está loca”. Era poco lo que podíamos hacer desde mi trabajo para ayudarla, igualmente venía todos los días (sí, en los últimos tiempos venía todos los días) para que la escuchemos, pero para que la escuchemos como se escucha a una persona, no como la escuchaba su psiquiatra, que ya le había puesto la etiqueta de “loca”. ¿Estamos todos locos?

martes, 11 de noviembre de 2008

La historia de P.- Parte I

Hay ciertas personas a las que su nombre les va perfectamente. Digo esto, porque la historia que quiero contar es 100% real, y estuve días y días tratando de buscar un nombre falso para P.P. No hubo caso. P. P. solamente puede llamarse P. P. Busqué nombres con las mismas iniciales, como Paula Peralta o Pierina Páez, pero cuando empezaba a escribir, sentía que la historia no era tan real. También intenté con nombres completamente ficticios, como Viviana Ruiz o Marcela Márquez, y ahí sí definitivamente sentía que hablaba de otra cosa. Bueno, el caso es que conocí a P. hace muchos años, ya que fue a buscar algún tipo de ayuda social al lugar dónde yo trabajo. En ese momento, P. vivía en uno de esos hoteles que el gobierno paga para los pobres. Para los que no saben cómo es el asunto, en esa época el gobierno pagaba cualquier cantidad de plata por una habitación desvencijada en un lugar lleno de cucarachas (como poco) en la cual hacían vivir a todo un grupo familiar, con lo cual podía llegar a pasar que en un cuartucho de 2 x 3 vivieran cinco o seis personas, muchas veces sin ventanas. ¿Quiénes terminaban ahí? En su gran mayoría se trataba de personas que habían sido desalojadas de una villa, o que venían del interior del país pensando que acá en la Capital todo son rosas y solamente se encontraron las espinas. Esos rara vez tenían problemas con los sucuchos dónde los amontonaban, ya que en su vida habían conocido otra cosa. Las familias que venían de Jujuy por ejemplo, y contaban cómo sacaban vinchucas de debajo de los colchones, difícilmente tuvieran problemas por un par de cucarachas escuálidas. Las condiciones de vida en esos pseudo hoteles eran completamente inhumanas, pero los que estaban acostumbrados a la miseria veían eso como algo natural, claro, si no conocían otra cosa y los funcionarios de turno les hacían creer que no se merecían nada, que bastante con eso y que si se quejaban, a la calle. También había otro grupo de los llamados “beneficiarios”. Estos eran personas que en su momento habían tenido una posición económica más o menos holgada, y que consecuencia de las políticas económicas implementadas en el país desde los 90 habían pasado a engrosar la lista de pobres, de marginados, de beneficiarios de planes sociales. Había personas que pagaban alquileres y que de golpe, al quedarse sin trabajo, tuvieron que recurrir a esos alojamientos. Había también personas que eran propietarias y que sufrieron remates. Ellos sabían que no era normal vivir en una habitación mugrosa llena de humedad y alimañas. También sabían que tenían derechos. En ese grupo estaba P.
En su momento, P. había trabajado como secretaria de un conocido abogado, y vivía en una casa que su esposo había heredado. Después se enfermó, fue despedida de su trabajo y ello llevó a que se separe. Su esposo se quedó en la casa y la echó como a un perro, con sus tres hijos. El abogado de pobres que la asistió en el divorcio no pudo o no quiso o no le salió o quien sabe; y así P. aprendió a pedir. El gobierno la metió junto con sus hijos en una habitación cerca de La Boca, y la pobreza y la humillación le desató una patología psiquiátrica. Ahí la conocí.

Continúa...

martes, 28 de octubre de 2008

Las hermanas Malabuena

Casi siempre, las madres de mellizos hacen todo lo posible para que sus hijos sean, en lugar de dos personas independientes, dos personas en una, imposibles de diferenciar para el común de los humanos. A todas las mamás de mellizos les divierte contar anécdotas acerca de cómo son tan iguales, de cómo la única que puede distinguirlos es ella misma e incluso a veces no, y de cómo a veces entre ellos cambian de roles para confusión de toda la familia. Hacen de todo para que no se diferencien: los visten y peinan igualitos, y hasta les sacan el nombre propio. Los hermanos mellizos rara vez son “Lucía y Verónica” o “Ramiro y Matías”, siempre son “las melli” o “los melli”, como si fueran un combo, algo indivisible. Ahora bien, el tiempo se ocupa de borrar y hasta olvidar esa igualdad forzosa. Los mellizos, cuando crecen, casi siempre hacen todo lo posible para diferenciarse entre ellos, y más aún cuando se trata de mujeres. A menos que sean mellizos que “trabajen” de mellizos y deban seguir siendo idénticos (como las trillizas de oro o las mellizas de canal 9), a modo de venganza por todo el tiempo comprando ropita por duplicado, tratan de diferenciarse entre ellos hasta en forma patológica. No era este el caso de las mellizas Malabuena. Eran dos mujeres de más o menos 35 años, o tal vez era una sola y yo estaba viendo doble. Las dos tenían el pelo crecido (crecido, no largo, descuidado) y negro entrecano. Hasta las canas parecían haberse puesto de acuerdo con la falta de diferenciación, porque las dos tenían la misma cantidad de canas, distribuidas igualmente en la parte de delante de la cabeza. Las dos eran flacas, bajitas, y tenían el mismo jean azul y el mismo sweater marrón, gastado en los mismos lugares. Aparte de compartir la cara, el pelo y la ropa, ambas eran esquizofrénicas. Hay una película de la que no recuerdo el nombre, porque era olvidable en su totalidad, pero que tiene una escena en la que se describe, de forma breve y brillante, la esquizofrenia: la protagonista se dibuja a sí misma como una persona con un solo cuerpo y dos cabezas. Bueno, resulta que un viernes a las cinco y media de la tarde, tenía a este animal mitológico frente a mí. Lamentablemente, no quedaba nadie en la oficina para dar fe de mis dichos, salvo quien en ese momento trabajaba conmigo a la tarde, y como resulta que es ciego, poco podría decir para avalar que no deliro. Las mellizas Malabuena se enojaron conmigo porque les cambié el nombre, le dije “Irene” a “Noemí” y “Noemí” a “Irene”, y ese descuido de mi parte pareció alterarlas más que el problema que traían. Las dos habían sido internadas en un neuropsiquiátrico en una medida judicial de protección de personas, porque habían denunciado a su vecino. En esa época, era el inicio de la televisión satelital, y al pobre vecino se le ocurrió poner una antena parabólica en su techo. Cuando las mellizas vieron el artefacto, se les ocurrió que era un artilugio para espiarlas, para poder ver dentro de sus casas. Una de ellas, no recuerdo si Noemí o Irene, o tal vez las dos, hasta tuvo una infección urinaria porque se negaba a ir al baño para que el vecino no la espíe con la antena que había conseguido en comodato. Del expediente que traían prolijamente fotocopiado (como todo en ellas) surgían varias irregularidades en cuanto a la internación, pero ellas curiosamente no se quejaban de eso, sino que se quejaban del vecino, que presuntamente quería tener una visión erótica por duplicado, la fantasía masculina con las mellizas llevada al extremo de la mano de la tecnología. Estuvieron cerca de una hora con el asunto de la antena (una vez que se calmaron por la confusión del nombre) y se fueron, con una promesa de mi parte que se vería el expediente, que hablaría con mi jefe (uno de los abogados penalistas más brillantes y que curiosamente tenía empatía con los locos) y que veríamos qué hacer con el tema de la internación a la fuerza. Se fueron enojadas porque no pude prometerles que obligaría al vecino a sacar la antena. Nunca volvieron.